25-03- 2009 - Nota
Hathor
por Seforah Caris (Viky Flores)ky Flores
 

El arte de la celebración

El nombre de la Diosa esta compuesto por dos palabras, Hut - Hor, y se traduce como el templo de Horus. Hathor es el espacio sagrado, la matriz celeste que contiene Horus, protector de la institución faraónica, Hathor es el cielo y es también la que derrama en las extensiones celestes la esmeralda, la malaquita y la turquesa para fabricar las estrellas.

Recibe el nombre de la Dorada, pues ella es el oro de las divinidades.

Hathor se encarnaba en una vaca inmensa, que ofrecía generosamente su leche para que vivieran las estrellas. Gozaba de gran popularidad en todo Egipto, su residencia favorita se encontraba en el Alto Egipto; en Dandara, donde todavía hoy sobrevive un templo de extraordinaria belleza (según el egiptólogo C. Jacq).
Era considerada madre de las madres, engendraba al sol y derramaba la alegría de vivir. Ella concedía la belleza, la juventud y el fuego del amor en todas sus formas, desde el deseo físico hasta el amor divino, favorecía los matrimonios y éstos eran armoniosos cuando el hombre y la mujer oían su voz.

Hathor enseñaba el arte de la danza a sus adeptos y les transmitía el sentido de la fiesta. Como protectora de los vinos invitaba a sus fieles a la mesa del banquete divino, mujeres que danzando abrían las puertas del cielo, “ahuyentando los malos espíritus, comulgando con el sol y la luna, alcanzando un estado de arrebato divino (relato de “las danzas de los espejos” representada por iniciadas de hathor en la mastaba de Merenka). La diosa de oro colmaba de bailes el corazón de sus fieles servidores, durante la noche comulgaban con los espíritus en el lugar de la ebriedad
( relato de la fiesta del sol femenino, en Medamud, en la región Tebana).

La Danza se consideraba una actividad sagrada creada por Hathor, para ello existía una cofradía conformada por “Las Siete Hathor “, numero sagrado especialmente vinculado a la espiritualidad femenina, (ver la danza de los siete velos) también recibían el nombre de “Las Venerables” y eran responsables de la duración de la vida de los seres humanos y sus destinos, por eso se hallaban simbólicamente presentes en cada nacimiento y visitaban a la mujer en el momento del parto.

Las Hathor tocaban música, cantaban y bailaban, después de un paseo ritual por las marismas, donde habían hecho susurrar los papiros en honor de la Diosa, reactualizando de este modo la creación.
Las ceremonias terminaban con la ofrenda del vino, líquido soleado que abría el camino a la intuición de lo divino, cogidas de las manos con expresión de recogimiento y sosiego, formaban una cadena y danzaban.
La superiora de la cofradía pronunciaba unas palabras que se elevaban hasta el cielo dirigiendo un saludo a Hathor:

“Ven Diosa de oro, tú que te alimentas de cantos; tú, cuyo corazón se sacia de danzas, tú, a quien las fiestas hacen resplandecer en la hora del reposo y a quien alegran las danzas durante la noche”.

Qué otras palabras sino éstas podrán gritar las bailarinas al ejecutar su danza y ofrendarlo a la Maestra de todas las Maestras: la Dorada Hathor.

Para todas aquellas profesoras, aprendices y bailarinas que llevan a Hathor en su espíritu.

Hathor